domingo, 6 de noviembre de 2016

Oniros

Era una casa  vieja y hermosa que vivíamos ordenando. No recuerdo bien la disposición de colores, sólo que predominaba la falta de luz -quizás porque era de noche- y el color verde. Mi cuarto no era sólo mío, de ese espacio me pertenecía un hueco en la pared donde ponía mi cama.
Parecía ser que ese día había atendido demasiados clientes y estaba muy cansada y hastiada, sobre todo de ellos. Podía identificar un sentimiento de desilusión, no sé si por mis clientes o por mi vida, o ambas. Pero llega el último cliente y me dice algo: "Yo no quiero las cosas convencionales, yo te quiero hacer otras cosas". De cierta forma entendía que no sólo se refería al misionero, hablaba más allá del encuentro furtivo que, de hecho, nunca llegaba a suceder.
Cuando dijo que no quería las cosas convencionales entendí que no hacía falta fingir un grito, ni identificaciones sociales predeterminadas, ni intercambios monetarios, ni promesas que satisficieran a la tradición. Una afectación libre, alegre y honesta.
Nunca me cogió, pero siempre estaba ahí.