domingo, 6 de noviembre de 2016

Oniros

Era una casa  vieja y hermosa que vivíamos ordenando. No recuerdo bien la disposición de colores, sólo que predominaba la falta de luz -quizás porque era de noche- y el color verde. Mi cuarto no era sólo mío, de ese espacio me pertenecía un hueco en la pared donde ponía mi cama.
Parecía ser que ese día había atendido demasiados clientes y estaba muy cansada y hastiada, sobre todo de ellos. Podía identificar un sentimiento de desilusión, no sé si por mis clientes o por mi vida, o ambas. Pero llega el último cliente y me dice algo: "Yo no quiero las cosas convencionales, yo te quiero hacer otras cosas". De cierta forma entendía que no sólo se refería al misionero, hablaba más allá del encuentro furtivo que, de hecho, nunca llegaba a suceder.
Cuando dijo que no quería las cosas convencionales entendí que no hacía falta fingir un grito, ni identificaciones sociales predeterminadas, ni intercambios monetarios, ni promesas que satisficieran a la tradición. Una afectación libre, alegre y honesta.
Nunca me cogió, pero siempre estaba ahí.

viernes, 2 de septiembre de 2016

La palabra propia.

Como docente animo a mis estudiantes que se animen a usar la "propia palabra", les comento que no importa que otro lo describa mejor o peor, nuestra voz también vale (la de elles), Corregir unos informes me llevó a reflexionar que yo no podía cumplir con esa tarea: usar "la propia palabra" me atemoriza, me expone. ¿Cómo podría exigirles que superen mi propio miedo?

Siempre escudada tras las citas o el pseudónimo, me acobardé frente al otro. No me pude hacer cargo que eso que leo, aquello que dijo otro, o que le hago decir a un alter ego, soy yo: "esta soy yo la que dice". Quizás por desconfianza a mi propia opinión o por creer que este "yo" (sin alter ni nada) también podía tener algo interesante que contar. 

De todas formas, en este diario público doy la bienvenida a la hermosa superación de mi amada cobardía.